
Rabindranath Tagore 2
Fecha 9/1/2012 22:10:00 | Tema: Filosofos
| Me he sentado, esta mañana, en mi balcón, para ver el mundo. Y él, caminante, se detiene un punto, me saluda y se va. Menudos pensamientos míos, ¡con qué rumor de hojas suspiráis vuestra alegría en mi imaginación!
Tú no ves lo que eres, sino su sombra.
¡Qué necios estos deseos míos, Señor, que están turbando con sus gritos sus canciones! ¡Haz Tú que solo sepa yo escuchar!
No soy yo quien escoge lo mejor, que ello me escoge a mí.
Si me está negado el amor, ¿por qué, entonces, amanece; ¿por qué susurra el viento del sur entre las hojas recién nacidas? Si me está negado el amor, ¿por qué, entonces, la medianoche entristece con nostálgico silencio a las estrellas?
Sé que esta vida, aunque no madure el amor, no está perdida del todo. ¡No sea yo tan cobarde, Señor, que quiera tu misericordia en mi triunfo, sino tu mano apretada en mi fracaso!
En mi cielo al crepúsculo eres como una nube y tu color y forma son como yo los quiero.
Eras mía, eres mía, mujer de labios dulces y viven en tu vida mis infinitos sueños.
La lámpara de mi alma te sonrosa los pies, el agrio vino mío es más dulce en tus labios.
oh segadora de mi canción de atardecer, cómo te sienten mía mis sueños solitarios!
Eres mía, eres mía, voy gritando en la brisa de la tarde, y el viento arrastra mi voz viuda.
Cazadora del fondo de mis ojos, tu robo estanca como el agua tu mirada nocturna.
En la red de mi música estás presa, amor mío, y mis redes de música son anchas como el cielo.
Mi alma nace a la orilla de tus ojos de luto. En tus ojos de luto comienza el país del sueño.
Te amo, sí ¡Perdóname mi amor! Pajarito que yerras tu camino, como tú, estoy cazada. Cuando mi corazón se estremeció de dicha, perdió su velo y se quedó desnudo. Cúbrelo tú de piedad, ¡y perdóname mi amor! Si no puedes amarme, ¡perdóname mi pena! ¡Pero no me mires así, desde tan lejos! Me arrastraré callada a mi rincón y m sentaré en la sombra, tapando con mis dos manos la vergüenza desnuda. No me mires, no me mires, ¡y perdóname mi pena!
Si me amas, ¡perdóname mi alegría! No te rías de mi descuido porque ves que mi corazón
se me va en este mar de ventura. Cuando me siente yo en mi trono, y reine sobre ti, tirana de mi amor; cuando, como una diosa, yo te conceda mis favores, sé tú indulgente con mi orgullo,¡y perdóname mi alegría!
Una mañana iba yo por la pedregosa carretera, cuando espada en mano, llegó el Rey en su carroza. "¡Me vendo!", grité. el Rey me cogió de la mano y me dijo: "Soy poderoso, puedo comprarte." Pero de nada le valió su poderío y se volvió sin mí en su carroza.
Las casas estaban cerradas en el sol del mediodía y yo vagaba por el callejón retorcido cuando un viejo cargado con un saco de oro me salió al encuentro. Dudó un momento, y me dijo: "Soy rico, puedo comprarte." Una a una ponderó sus monedas. Pero yo le volví la espalda y me fui. Anochecía y el seto del jardín estaba todo en flor. Una muchacha gentil apareció delante de mí, y me dijo: "Te compro con mi sonrisa." Pero su sonrisa palideció y se borró en sus lágrimas. Y se volvió sola otra vez a la sombra.
El sol relucía en la arena y las olas del mar rompían caprichosamente. Un niño estaba sentado en la playa jugando con las conchas. Levantó la cabeza y, como si me conociera, me dijo: "Puedo comprarte con nada." Desde que hice este trato jugando, soy libre.
Para que yo no te conozca tan pronto, juegas conmigo.Me ciegas con tus repentinas risas para que no te vea tus lágrimas... Conozco, conozco tu arte. ¡Nunca dices lo que quieres decir!
Por miedo a que yo no te tenga en lo que vales, me evitas de mil modos. Te apartas de la multitud para que yo no te confunda con ella... Conozco, conozco tu arte. ¡Nunca vas por donde quisieras ir!
Como puedes más que nadie sobre mí, te callas. Me dejas mis regalos con descuido juguetón... Conozco, conozco tu arte. ¡Nunca aceptas lo que quisieras aceptar! Me dijo bajito: "Amor mío, mírame en los ojos. "Le reñí, agria, y le dije: "Vete." Pero no se fue. Se vino a mí y me cogía las manos... Yo le dije: "Déjame." Pero no se fue.
Puso su mejilla en mi oído. Me aparté un poco, me quedé mirándolo, y le dije: "¿No te da vergüenza?" Y no se movió. Sus labios rozaron mi mejilla. Me estremecí, y le dije: "¿Cómo te atreves, di?" Pero no le dio vergüenza.
Me prendió una flor en el pelo. Yo le dije: "¡Es en vano!" Pero no cedía. Me quitó la guirnalda de mi cuello, y se fue. Y lloro y lloro, y le pregunto a mi corazón: "¿Por qué, por qué no vuelve?"
"Día tras día, viene y se vuelve a ir. Anda, hermana, dale esta flor de mi pelo. Y si pregunta quién se la manda, no se lo digas, que sólo viene y se va. Míralo allí, sentado en la tierra, bajo el árbol. Ve, hermana, y tiéndele una alfombra de hojas y flores, que sus ojos están tristes y llenan de pesar mi corazón. Nunca dice lo que está pensando, sólo viene y se va".
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