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    Escritores : La vida sin color -Escritora Nelly Cuevas-
    Enviado por Kyra el 28/2/2011 2:30:00 (522 Lecturas) Noticia del mismo redactor

    El insistente sonido del despertador resonaba en la habitación. Entre los pliegues de la manta emergió una mano callosa y regordeta buscando a tientas al culpable del sonido infernal que la había arrancado de sus sueños. Permaneció así unos minutos más, acostada con los ojos cerrados y sus largas y tupidas pestañas como si de una espesa cortina que protegía sus sueños se tratara. El despertador se activó de nuevo, esta vez el sonido era más alto y escandaloso que el anterior, con un resoplido de indignación Carmen lo acalló y frotándose los ojos se sentó en la cama, bostezó, se desperezó y lentamente abrió los ojos, por un instante la sangre se le paralizó, quedó congelada. Sus movimientos quedaron suspendidos en el aire, separó los labios para hablar, la voz no le salía, frente a ella un negro telón lo inundaba todo, en su angustia se dio cuenta que donde debería haber encontrado la rosa pared decorada con un viejo papel de flores se hallaba la más negra de las oscuridades.



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    El pánico poco a poco la invadió “¿Ciega?, ¿Me habré quedado ciega?”, la simple idea la aterrorizó, sus mejillas eran recorridas por ardientes lagrimas bañadas en dolor y miedo. La desesperación brotaba de sus ojos, los mismos que cerraba y abría en un agónico intento de recuperar los colores, las siluetas, pero la espesa cortina negra lo invadía todo. Carmen respiró profundamente, intentó conservar la calma, pero su situación se le hacía desesperada, no podía ver nada, y estaba completamente sola, había dejado su país 4 años atrás. La necesidad la había obligado a tomar esa decisión emigrando en busca de una mejor vida. Carmen era una mujer sencilla, tenía 5 hijos y cuando su marido desapareció supo que subiendo dobladillos y pegando botones en su país no conseguiría sobrevivir. Ahora sentada en la cama recordaba esa situación, con un futuro tan negro como la oscuridad que la invadía, el insistente dolor en su corazón y las lágrimas brotando incesantemente de sus ojos se embarcaba en una aventura tan desconocida como la que ahora mismo la invadía. Solo podía confiar, como hizo en aquellos momentos, aunque había escuchado historias terribles de discriminación a los ilegales, a ella la vida le había sonreído, y ahora solo podía esperar que la luz no la abandonase como parecía que le estaba sucediendo.



    Se levantó a tientas de la cama y su dedo gordo tropezó con el galán de noche arrancándole un grito de dolor, un dolor que aumentaba las sensaciones, como el salado sabor de las lágrimas al resbalar por sus mejillas que no limpiaban la oscuridad que la envolvía. Carmen se encontraba en el más profundo de los pozos y no podía pensar con claridad, necesitaba ayuda, compartía un modesto piso de 4 habitaciones con 6 personas más, eso la animaba a caminar cojeando en la oscuridad buscando el pasillo por si tal vez alguno de sus compañeros aún permanecía en casa. Con los brazos extendidos, chocando con todo y dando tumbos encontró la puerta de su habitación, ese minúsculo recorrido lo había realizado muchas noches cuando se dirigía al baño sin ni siquiera encender la luz, pero en esta ocasión era totalmente diferente, la angustia le oprimía el corazón y le cortaba la circulación desorientándola. No podía dejar de temblar, aunque quería dejar de hacerlo no podía. Salió al pasillo y golpeó una por una las puertas de las habitaciones de sus compañeros de piso, ninguno se encontraba en ellas, la situación la desesperó aún más, sin embargo no la sorprendió, Carmen a diferencia de sus compañeros tenía un trabajo “privilegiado” al que tenía que presentarse a las 10 de la mañana. Sus compañeros de piso no compartían su suerte, eran Chilenos, Mexicanos, Paraguayos, Argentinos y como la mayoría de inmigrantes que se encontraban en su situación, con alegría y resignación se levantaban por la madrugada para acudir a sus trabajos de pescadores, jardineros, albañiles, manitas, cuidadores de ancianos, la más variopinta lista de profesiones que formaban una la larga lista de los conocidos de Carmen.



    El pánico se apoderó de ella, en un arranque de terror buscó la puerta de salida hacia el rellano y aporreó con fuerza las puertas de sus vecinos, por fin una de las puertas se abrió, “ayuda por favor… me he quedado ciega” fue lo único que alcanzó a balbucear entre lágrimas. La mujer que le abrió la puerta la miró con compasión, aunque sin entender bien lo que decía, la invitó a pasar pese a las dudas que tenía. Cuando Carmen consiguió tranquilizarse la mujer pudo escuchar pacientemente su historia, conmovida la acompañó a su piso, la puerta las esperaba abierta de par en par, la ayudó a vestirse y la acompañó al médico.

    Pese a su condición de ilegal, Carmen nunca había tenido problemas con la justicia, sus características físicas como su larga cabellera negra, ojos rasgados y tez morena la clasificaban inmediatamente en ese país de gente tan distinta a ella, pero eso nunca había sido una limitación, ni un problema. A ella la trataban siempre con amabilidad y hasta ahora, excepto en contadísimas excepciones, en sus diez años lejos de su hogar nunca la habían hecho sentir “una indeseable”. Carmen tenía una mutua médica que con esfuerzo pagaba puntualmente, a pesar de no tener “papeles”, soñaba que algún día podría legalizarse, pero su jefa le daba largas para iniciar los papeleos del contrato.

    La amable señora que la acompañó al medico la ayudó a sentarse en la silla, esperó educadamente fuera hasta que la enfermera le llamó. El médico de Carmen también era extranjero, escuchar su voz la reconfortó, siempre lo hacía, le gustaba ver a un inmigrante con su bata blanca en un puesto respetado dentro de esta sociedad, e imaginaba cuando lo veía a su propio hijo como ciudadano de esta lejana tierra, con estudios y una carrera, un léxico fluido y humildad. En esos momentos deseaba poder verle el rostro, saber si tenía expresión contrariada, si le sonreía, si se veía cansado, ver el color de sus ojos que por más que se esforzaba no podía recordar.



    Carmen siguió atentamente todo lo que le decía su médico y a cada pregunta que este le hacía la respuesta era la misma “no, solo veo negro doctor”, le respondía con resignación. El médico le dijo que tendría que ser ingresada para poder hacer una mejor evaluación de su estado. Carmen pasó la noche con los ojos vendados, en una habitación del hospital, el olor a cloro y medicamentos inundaba el aire dándole una sensación nada reconfortante. Sumida en la oscuridad escuchaba el eco de los pasos por los pasillos, se exaltaba cuando corrían la cortina justo a su lado sin que ella supiera quien estaba ahí, tan cerca, derramaba el caldo de pollo sobre su ropa y el líquido se le escapaba de entre la comisura de sus labios. El tiempo pasaba muy lento, prestaba atención a los sonidos y las sensaciones sin saber si era de día o de noche o cuánto tiempo había pasado desde la última vez que alguien le dijo la hora. Una oscura impotencia la estaba volviendo loca.



    Solo había pasado una noche, pero a Carmen se le antojó una semana, la desazón y la angustia estaban perforándole el alma “¿y si no vuelvo a ver a mis hijos jamás?” se preguntaba una y otra vez, estaba destrozada al mismo tiempo que desesperada. Tenía miedo, su familia entera dependía de ella, de los ingresos que enviaba religiosamente mes tras mes, si no recuperaba la vista no podría trabajar más, no sabía si tendría alguna indemnización, pues no era tonta, conocía perfectamente su situación y sus desventajas, no tenía contrato laboral, no tenía papeles. El tic tac del reloj pasaba lento y ella se sentía cada vez más desesperanzada, la voz del médico irrumpió en la habitación haciéndola derramar el vaso de agua que sostenía en sus desgastadas manos. La enfermera la ayudó a secarse al tiempo que el médico se disculpaba por haberla sobresaltado, “buenas noticias” dijo el médico con su peculiar acento extranjero “solo es cansancio del nervio óptico”. El doctor le explicó pacientemente que lo que Carmen presentaba era un cuadro de cansancio de la vista, que con unos días de recuperación se pondría perfecta, le dijo también que la vista volvería paulatinamente, primero en forma de manchas borrosas y gradualmente enfocaría hasta recuperar la visión por completo.

    Un suspiro de alivio salió de lo más profundo del alma de Carmen, que con lágrimas de agradecimiento y sonrisa de felicidad extendió las manos en busca de las del médico que las tomó amablemente entre las suyas. “Un mes sin quitarse la venda” le dijo el médico, en ese mismo instante la sonrisa de Carmen se congeló en su rostro, “¿un mes sin trabajar?” se dijo para sí misma, pero no tuvo valor para explicarle su situación al amable hombre que la atendía. Se hundió en la cama, un mes sin trabajo, un mes sin enviarle dinero a su familia, “¿Qué voy a hacer dios mío?” se repetía una y otra vez aferrándose a las sabanas del hospital, “¿Quién va a ayudarme si estoy completamente sola?” El mundo de Carmen se reducía y la sensación de caer en un pozo profundo volvió a inundarla de inseguridad.



    Dos días después Carmen ya se encontraba en casa, sus ojos permanecían protegidos con una venda, sin embargo la visión comenzaba a regresarle distinguiendo sombras aún más negras dentro de su oscuro telón. Era consciente de lo que le había dicho el médico, pero también sabía que no podía seguir sus instrucciones al pie de la letra. A Carmen le pagaban por vestido realizado y aunque el trabajo era terriblemente agotador para la vista, los confeccionaba a su propio ritmo y horario. Cada lunes se presentaba en la oficina de su jefa para mostrarle los avances, el resto de la semana lo trabajaba en casa. La firma para la que trabajaba era una de las más prestigiosas en el mundo de la moda internacional. Carmen no era diseñadora de moda, no era costurera, tampoco cortaba la tela, ni la plisaba. Como muchas de sus compañeras inmigrantes hacían el trabajo más pesado, engarzaba las piedras, cuentas, mostacillas, canutillos, lentejuelas, bisutería, cristales de Swarovski, eran miles de minúsculas piezas que a ella le correspondía bordar con cuidado y esmero en los vestidos. Era un trabajo duro y desgastante pero le gustaba, le permitía hacerlo en casa y administrar sus tiempos a gusto propio siempre y cuando cumpliera con la fecha de entrega, para ella un mes sin trabajar sería la ruina.



    Sabía que su jefa le tenía aprecio, la trataba bien y era considerada como un miembro más de su equipo de trabajo, en la empresa no hacía distinciones entre modistas, diseñadoras, dependientas o bordadoras, puesto que ella ocupaba, no importaba la edad ni la nacionalidad para hacer vestidos, mientras trabajasen correctamente, cumplieran con las fechas de entrega y el trabajo fuera impecable, la propietaria estaba satisfecha. Era una mujer seria, estricta, justa, pero Carmen sabía que si no podía trabajar su jefa no le dolería el corazón contratando a alguien que si pudiese hacer su trabajo, sobretodo en estas fechas, vísperas de navidad y año nuevo. Era la temporada que más trabajo daba a la famosa firma para la que trabajaba. Las mujeres ricas y de la alta sociedad acudirían para encargar sus vestidos más espectaculares, era el mejor momento del año para todos los trabajadores, pues significaba triplicar y en algunos casos hasta cuadruplicar sus ingresos.



    Carmen a sus 57 años no soñaba con lo mismo que el resto de sus amigas y conocidas, no quería como Juan, el jardinero, trabajar 5 años y ahorrar todo lo posible para regresar a su país, tener un coche, una casa y un negocio propio, tampoco se parecía a María que soñaba con ahorrar los suficiente para tener su piso, poder traer a su hija y a su madre a vivir con ella, humildemente, pero juntas. Tampoco compartía ilusiones con Alfonso y su esposa Margarita que anhelaban poseer una amplia tierra en su Bolivia natal, verdes prados y un tráiler que alquilar a las grandes empresas. Carmen tal vez era más humilde en sus sueños y al mismo tiempo más ambiciosa, ella trabajaba día y noche y seguiría haciéndolo día tras día, hasta que sus ojos se apagaran de nuevo y esta vez definitivamente, con la ilusión de mandar a sus hijos a la universidad. Ahora ya estaba pagando el mejor colegio de su país y estaba decidida a hacer de ellos personas cultas, con carrera y posición, no le importaba sacrificarse por ello, sus hijos eran su vida, la única razón de su sacrificio. Carmen no tenía nada y tampoco quería nada para ella misma, el próximo año su hijo mayor solicitaría la matrícula de la universidad de medicina más importante de América, y ella se dejaría la piel y la vista si fuera necesario para pagarle la parte que la beca no cubría.

    Así fue como Carmen pasó los días en la enferma espesura de su eterna noche. Al recuperar la vista no le importaría volver a castigarla, dañarla o perderla, pese a las indicaciones del médico volvería al trabajo, al mundo de las telas, los colores y las cuentas. Carmen soñaba cada día con sus hijos, en la oscuridad o en la enfermedad, sin importarle el dolor constante de sus dedos pinchados por las agujas.



    Convivimos todos los días con inmigrantes, todos tan diferentes, morenos, altos rubios, amarillos, convivimos con inmigrantes de diferentes clases sociales, trabajamos para algunos, algunos sin embargo trabajan para nosotros, cuidan de nuestro jardín, nuestros hijos, nuestros ancianos, limpian nuestras casas, los vemos ir al supermercado, a la iglesia, al cine, los vemos lejos de sus hogares añorando constantemente su hogar, su comida, su familia, los escuchamos soñar con su tierra y muchas veces despectivamente pensamos “si no les gusta que se vayan”. Escuchamos los noticieros acusarlos de quitarle el trabajo a los nacionales, un empleo que el nacional, en la mayoría de ocasiones, no queremos dignarnos a realizar, escuchamos a la gente menospreciarlos, llamarlos invasores, pero pocas veces, nos detenemos a pensar que son humanos.

    ¿Cuántos de nosotros pensamos en su dolor? Ninguno nos preocupamos en preguntarnos por qué están aquí, por qué dejaron la tierra que aman, que añoran, Carmen es un ejemplo de una inmigrante afortunada, ¿Cuántas historias como la de Carmen se viven cada día? Debemos concienciarnos, abrirnos, cerrar los ojos a las diferencias y entender que todos son humanos y que algunos desprecian esos países que en su día también nos abrieron las puertas cuando lo necesitamos, millones de personas de todo el mundo han sufrido golpes de estado, dictaduras o pobreza y se ha ido a otra parte lejos de su familia a intentar luchar por una nueva vida. Abramos los corazones a todas las Carmen, extendamos la mano y olvidémonos de las diferencias.

    -Nelly Cuevas-

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