El insistente sonido del despertador resonaba en la habitación. Entre los pliegues de la manta emergió una mano callosa y regordeta buscando a tientas al culpable del sonido infernal que la había arrancado de sus sueños. Permaneció así unos minutos más, acostada con los ojos cerrados y sus largas y tupidas pestañas como si de una espesa cortina que protegía sus sueños se tratara. El despertador se activó de nuevo, esta vez el sonido era más alto y escandaloso que el anterior, con un resoplido de indignación Carmen lo acalló y frotándose los ojos se sentó en la cama, bostezó, se desperezó y lentamente abrió los ojos, por un instante la sangre se le paralizó, quedó congelada. Sus movimientos quedaron suspendidos en el aire, separó los labios para hablar, la voz no le salía, frente a ella un negro telón lo inundaba todo, en su angustia se dio cuenta que donde debería haber encontrado la rosa pared decorada con un viejo papel de flores se hallaba la más negra de las oscuridades.

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