No te atormentes por su corazón, corazón mío; déjalo en la oscuridad. ¿Qué se yo si su belleza es sólo de su cuerpo, y su sonrisa sólo de su cara? Déjame aceptar sin preguntas este sencillo sentido de sus miradas, y ser así feliz.
Igual me da si es un manto de ilusión el que sus brazos tejen alrededor de mí, porque el manto es rico y raro; y al engaño se le puede sonreír, y olvidarlo.
No te atormentes por su corazón, corazón mío; conténtate si la música es verdadera, aunque no se pueda fiar en la palabra; disfruta de la gracia que danza, como un lirio, sobre la mentirosa superficie ondeante, y sea lo que fuere de lo que vive allá en el fondo.
Deseaste mi amor, y, sin embargo, no me amabas. Por eso mi vida se cuelga de ti como una cadena, que te grita y se te aferra, más dura cuanto más luchas por ser libre.
Mi desesperación ha llegado a ser tu compañera mortal, y se agarra al más leve de tus favores, pretendiendo arrastrarte hasta la caverna de las lágrimas. Has destrozado mi libertad, y, con su ruina, te has fabricado tu propia prisión.
No supe lo que hacía un momento y vine. Pero alza tus ojos que yo vea si queda aún alguna sombra de los días pasados, una pálida nube, ya sin lluvia, en el horizonte. Sopórtame un momento aunque yo no sepa lo que hago.
Las rosas están todavía en capullo, y no saben aún cómo descuidamos coger flores este verano.
La estrella de la mañana tiene todavía el mismo silencio palpitante; la luz primera está enredada aún en las enredaderas que cuelgan de mi ventana, como en aquellos días pasados. Olvidé un momento que todo había cambiado, y vine.
Olvidé si tú me avergonzaste alguna vez, volviéndome tu cara cuando yo te desnudaba mi corazón. Sólo recuerdo las palabras que tropezaron en el temblor de tus labios; las sombras de arrebatada pasión de tus ojos oscuros, como las alas de un pájaro que busca su nido en el crepúsculo. Olvidé que tú te acordabas, y vine.
Esta mañana mi despertar fue dichoso, porque ví a mi amor. El cielo era una sola alegría, y mi vida y mi juventud se consumaron. Hoy mi casa es de verdad mi casa, y mi cuerpo mi cuerpo.
La suerte me ha sido amiga, y mis dudas se disipan. ¡Pájaros, cantad vuestra canción mejor!
¡Luna, derrama tu luz más bella! ¡Dispara, a millones, tus flechas, dios del amor!
Pájaros perdidos de verano vienen a mi ventana, cantan, y se van volando. Y hojas amarillas de otoño, que no saben cantar, aletean y caen en ella, en un suspiro.
Vagabundillos del universo, tropel de seres pequeñitos, ¡dejad la huella de vuestros pies en mis palabras!
Para quien lo sabe amar, el mundo se quita su careta de infinito. Se hace tan pequeño como una canción, como un beso de lo eterno.
Las lágrimas de la tierra le tienen siempre en flor su sonrisa.
El desierto terrible arde todo por el amor de una yerbecita; y ella le dice que no con la cabeza, y se ríe, y se va volando...
Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas.
En tu camino, agua bailarina, la arena te pordiosea tu canción y tu fuga. ¿No quieres tú cargarte con la coja?
Tu cara anhelante persigue mis sueños como la lluvia por la noche.
Una vez, soñamos los dos que no nos conocíamos. Y nos conocíamos. Y nos despertamos a ver si era verdad que nos amábamos.
Como el anochecer entre los árboles silenciosos, mi pena, callándose, callándose, se va haciendo paz en mi corazón.
No sé qué dedos invisibles sacan de mi corazón, como una brisa ociosa, la música de las ondas.-Mar, ¿qué estás hablando? -Una pregunta eterna. -Tú, cielo, ¿qué respondes? -El eterno silencio.
¡Oye, corazón mío, los suspiros del mundo, que está queriendo amarte!
El misterio de la vida es tan grande como la sombra en la noche. La ilusión de la sabiduría es como la niebla del amanecer.
No te dejes tu amor sobre el precipicio.