Tú vendes, ¡oh Dios!, todos los bienes a los hombres al precio de su esfuerzo.
¡Admirable justicia la tuya, Causa Primera! Tú no has permitido que ninguna fuerza falte al orden y calidad de sus efectos necesarios.
Que el Señor, luz de todas las cosas, se sirva iluminarme, a fin de que yo trate dignamente de la luz.
¿Cuál es la cosa que cesaría de existir si se la pudiera definir? El infinito, que sería finito si pudiera ser definido. Porque definir es limitar la cosa definida con otra que la circunscribe en sus extremos, de modo que lo que no tiene términos no puede ser definido.
La verdad es de tal excelencia que, cuando elogia pequeñas cosas, las ennoblece.
Hay, sin duda, la misma proporción de la mentira y la verdad que de las tinieblas a la luz; y la verdad es tan elevada esencia que, aun si se aplica a materia humilde y baja, sobrepasa incomparablemente las vagas y mentirosas amplificaciones y los más grandes y sublimes discursos. Aunque nuestro espíritu, en efecto, tenga a la mentira por quinto elemento (agregado a los cuatro que componen el mundo: aire, tierra, fuego y agua), no deja de ser cierto que la verdad es la soberana alimentación no de los espíritus vagabundos, pero sí de las inteligencias agudas. Mas tú, que vives de ensueños, preferirás los sofismas y las mentiras de los charlatanes en las cosas grandes e inciertas, a las verdades naturales, bien que menos pretenciosas.
La proporción entre la obra humana y la naturaleza es la misma que media entre el hombre y Dios.
Con poca esperanza pueden los míseros estudiosos aguardar el premio de su virtud. En tal caso me encuentro yo, seguro de incurrir en no pocas enemistades, ya que ninguno creerá lo que yo pueda decir de él. Muy contados son los hombres a quienes desagradan sus propios vicios; antes bien, sólo repugna generalmente el vicio a los que, por naturaleza, son contrarios a él; muchos odian a sus padres o pierden la amistad de quienes los reprenden, y no quieren saber de ejemplos de virtudes contrarias, ni oír ningún humano consejo.
Si encontráis a un hombre virtuoso y bueno, no lo apartéis de vosotros; honradlo para que no tenga que huir de vosotros y refugiarse en desiertos o cavernas u otros lugares solitarios, lejos de vuestras insidias; miradlos como a dioses terrestres, merecedores de estatuas y simulacros.
En la descripción del hombre deben comprenderse los animales de la especie, tales como el mono, el babuino y muchos otros similares.
La marcha del hombre tiene el carácter general de la del cuadrúpedo, que mueve las patas en cruz. Como el caballo que trota, el hombre agita sus cuatro miembros en cruz: si adelanta el primero el pie derecho, adelantará al mismo tiempo el brazo izquierdo, o viceversa.
Si la naturaleza hubiera fijado una sola regla para la calidad de los miembros, las fisonomías de todos los hombres serían semejantes, y no sería posible distinguirlas unas de otras; pero ella ha variado de tal modo las cinco partes del rostro que, aunque haya establecido una regla general para la proporción, no ha seguido ninguna para la calidad; de manera que es fácil reconocer cada semblante.
Yo he encontrado en la constitución del cuerpo humano, como en la de los otros animales, la más obtusa y grosera inventiva. Compuesto sin ingenio, de instrumentos en parte inapropiados para recibir el vigor de los sentidos.
El hombre posee gran razonamiento, pero en su mayor parte vano y falso; los animales lo tienen menor, pero útil y verídico, y más vale una pequeña certeza que un gran engaño.
La esperanza y el deseo de repatriarse y volver al primitivo estado, es como la luz para la mariposa; el hombre, con perpetuo deseo, aspira a nueva primavera, a un nuevo estado, a próximos meses y a nuevos años; y cuando llegan las cosas deseadas es demasiado tarde, y el hombre advierte que aspira así a su ruina.
El hombre es víctima de una soberana demencia que le hace sufrir siempre, en la esperanza de no sufrir más; y la vida le escapa mientras espera gozar de los bienes que ha adquirido al precio de grandes esfuerzos.
¡Oh, mundo!, ¿cómo es que no te abres para arrojar al fondo de tus barrancos, precipicios y abismos, y no mostrar más a la luz un monstruo tan cruel y tan implacable?
Todos los males presentes y pasados puestos por el hombre en acción no satisfarían el deseo de su ánimo inicuo. Yo no podría, aunque dispusiera de largo tiempo, describir su naturaleza.
Los ambiciosos que no se contentan con el beneficio de la vida y la belleza del mundo, tienen por castigo el no comprender la vida y el quedar insensibles a la utilidad y belleza del universo.
La sabiduría es hija de la experiencia.
¡Oh, dormilón!, ¿qué cosa es el sueño? Es la imagen de la muerte. ¿Por qué, pues, no conduces a buen fin alguna obra que, después de muerto, te dé una semblanza de vida perfecta, a ti, que mientras vives te asemejas por el sueño a los míseros muertos?
Una vida bien cumplida el siempre larga.
Como un día bien empleado procura un dulce sueño, así una vida bien utilizada conduce a una dulce muerte.
Adquiere en tu juventud de qué compensar el perjuicio de la vejez. Si comprendes que la vejez tiene por sustento la sabiduría, te esforzarás durante tus jóvenes años para que, en los últimos, no carezcas de alimento.
El conocimiento del tiempo pasado y del estado de la Tierra en él son el ornato y el alimento del espíritu humano.
El renombre del rico termina con su vida; se recuerda el tesoro, pero no al atesorador. Muy otra es la gloria de la virtud de los mortales que la de sus tesoros.
Cuántos emperadores y príncipes han pasado sin dejar recuerdo. Sólo se propusieron conquistar Estados y riquezas para que les sobreviviera su memoria. Cuántos, al contrario, vivieron pobres de dinero, para poder adquirir virtudes: y su deseo se ha cumplido en tanto cuanto la virtud sobrepasa a la riqueza.
La paciencia obra contra las injurias como los vestidos contra el frío. Si multiplicas los abrigos según la intensidad del frío, éste no podrá perjudicarte. Así, frente a las injurias, redobla la paciencia, y ellas no podrán alcanzarte.
Nuestro juicio no aprecia las cosas hechas en distintos períodos de tiempo ni en distancia relativa; porque los hechos ocurridos antes nos parecen próximos y casi actuales, y otras muchas cosas muy vecinas en el tiempo nos parecen lejanas, porque tienen por antigüedad la época de nuestra juventud.
He aquí una cosa que rechazamos cuanto más la necesitamos: el consejo. De mala gana lo escucha quien más lo necesitaría, a saber: el ignorante.
He aquí otra cosa que más nos persigue cuanto más huimos de ella: la miseria, que en la medida que pretendemos evitarla nos agobia sin darnos reposo.
La cosa amada atrae al amante como lo sensible al sentido, hasta que se unen en un solo objeto. La obra es lo primero que nace de esa unión. Si la cosa amada es vil, el amante se torna vil. Cuando la unión conviene al que la realiza, resulta para él deleite, placer, satisfacción. Cuando el amante se une a la cosa amada, reposa en ella.
Los médicos nos atribuyen enfermedades que ellos mismos no conocen.
Si quieres conservar tu salud, lo conseguirás en la medida que sepas evitar a los médicos, porque sus remedios son del mismo género que la Alquimia, la cual ha producido tantos tratados como la Medicina.
¡Oh, Naturaleza negligente! ¿Por qué eres tan parcial y no tratas a tus hijos como una buena madre, sino como una cruel e implacable madrastra? Veo a tus hijos entregados al servicio ajeno, sin ninguna ventaja para ellos, recibiendo por remuneración del bien que nos hacen cruelísimos martirios, y agotando su vida en beneficio de su verdugo.
Los más duros trabajos, recompensados por el hambre, la sed, el dolor, los garrotazos, los puñetazos, las maldiciones y vil trato. (Los asnos.)
Las bellezas y las fealdades aparecen más potentes las unas por las otras.
¡Oh, miseria humana, a cuántas cosas te sometes por el dinero!
Tanto da hablar bien del malvado como hablar mal del bueno.
La constancia no está en empezar, sino en perseverar.
Un vaso de arcilla cruda, si se rompe puede repararse, pero no el de arcilla cocida.
No siempre es bueno lo que es bello... Ejemplo de este error dan los que hablan con elegancia, pero sin doctrina.
Debes reprender en secreto a tu amigo y alabarlo en público.
Pide consejo al que sabe corregirse a sí mismo.
El mal que no me perjudica es como el bien que no me aprovecha.
Las amenazas sólo son armas para el amenazado.
Mal haces si alabas, y peor si reprendes una cosa que no entiendes bien.
Se expone a daños quien se gobierna por el consejo de los jóvenes.
Donde entra la ventura, la envidia le pone asedio y la combate. Cuándo nos abandona, nos deja el dolor y el arrepentimiento.
Quien no estima la vida no la merece.
Cuando la fortuna viene, tómala a mansalva y por delante, pues por detrás es calva.
Las palabras que no satisfagan al oyente, le causan fastidio y disgusto; ello se manifiesta generalmente por copiosos bostezos. Cuando hables, pues, a hombres cuya benevolencia quieres captarte, si observas en ella tales muestras de aburrimiento, abrevia tu discurso o cambia de terna; si no lo haces, recogerás en vez de la benevolencia que deseas, odio y enemistad.
Dirán que, por carecer de letras, no podré expresar bien lo que deseo. No saben ellos que mis cosas valen más por ser fruto de la experiencia y no de palabras ajenas, experiencia que fue maestra de los buenos escritores y que yo por tal la reconozco y no cesaré de alegarla en todos los casos.
Felices los que prestan oído a los muertos: leamos los buenos libros y pongamos en práctica sus enseñanzas.
Las ciencias imitables son aquellas en que los discípulos igualan al maestro y pueden producir frutos semejantes. Éstas son útiles al imitador, pero no alcanzan tanta excelencia como aquéllas, que no pueden dejarse en herencia como otras sustancias.
Entre las ciencias inimitables está en primer lugar la pintura. Ella no se enseña a quien no tiene don natural, al contrario de las matemáticas, en las que el discípulo recibe tanto cuanto el maestro le enseña; ni se copia como las letras, en las que tanto vale la copia como el original; ni se modela como en la escultura en la que el objeto modelado equivale al original; y en cuanto a la fecundidad de la obra, ésta no produce infinitos hijos como ocurre con los libros impresos. Sólo ella conserva su nobleza, sólo ella honra a su autor, y queda preciosa y única sin parir hijos iguales a ella.
El que se enamora de la práctica sin ciencia, es como el marino que sube al navío sin timón ni brújula, sin saber con certeza hacia dónde va.
La práctica debe siempre ser edificada sobre la buena teoría.
Huye de los preceptos de los especuladores cuyas razones no están confirmadas por la experiencia.
Todo nuestro conocimiento nos viene de las sensaciones.
Comer con desgana convierte el alimento en repulsivo manjar. Así, el estudio sin voluntad malogra la memoria, que no retiene entonces nada de lo que toma.
Como el hierro, por falta de ejercicio, se cubre de herrumbre, y el agua se corrompe o se hiela por la misma causa, así el ingenio, sin ejercicio, se deteriora.
o que es divisible de hecho, lo es también en potencia; pero no todas las cantidades divisibles en potencia lo son también de hecho.
Toda acción ha de ejercerse por movimiento.
Ningún objeto inanimado se mueve por sí mismo. Su movimiento le viene de otros.
Todo movimiento natural y continuo desea conservar su curso, por la línea de su principio.
Todo movimiento tiende a mantenerse; en otras palabras: todo cuerpo, una vez puesto en movimiento, seguirá moviéndose, en cuanto la impresión de la potencia de su motor se conserve en él.
Toda impresión tiende a perpetuarse, es decir, desea permanecer.
Si tú dices que las ciencias que empiezan y terminan en la mente son verdaderas, ello no puede concederse, sino, antes bien, negarse, por muchas razones, y ante todo porque en tales discursos mentales no interviene la experiencia, sin la cual no existe ninguna certeza.
Equivocadamente se lamentan los hombres de la experiencia, acusándola con suma acritud de ser falaz. Pero dejad en paz a la experiencia y dirigid tales lamentaciones contra vuestra ignorancia, que os extravía con vanos y necios deseos, hasta prometeros de la experiencia cosas que no están en su poder. Así tachan, pues, los hombres de falaz a la inocente experiencia achacándole, sin razón, mentirosas demostraciones.
La experiencia no engaña jamás. Sólo engañan vuestros juicios cuando de ella se prometen efectos que no pueden hallar su causa en nuestras experiencias. Porque, dado un principio, es necesario que cuanto de él se deduzca sea verdadera consecuencia de tal principio, a menos que exista impedimento; y si lo hay, el efecto que debía derivarse de dicho principio participará tanto más o tanto menos del impedimento, cuando éste supere a dicho principio o sea menos potente que él.
Cada instrumento (o medio) debe adaptarse a la experiencia.
El buen juicio nace de la buena inteligencia y la buena inteligencia deriva de la razón, sacada de las buenas reglas; y las buenas reglas son hijas de la buena experiencia: madre común de todas las ciencias y las artes.
Toda cosa desea naturalmente mantenerse en su ser.
Toda acción natural está realizada por la naturaleza misma del modo y en el tiempo más breve posible. Ninguna acción natural puede abreviarse, pues la naturaleza la genera del modo más breve posible.
La necesidad es maestra y tutora de la naturaleza. Es su tema y la fuente de sus invenciones, su freno y su regla perpetua.
Contra los ríos salidos de madre no existe defensa humana posible.
El agua que tocas en la superficie de un río, es la última de la que pasó y la primera de la que viene: así el instante presente.
Si no ha permanecido entre los hombres, siéndoles tan necesaria, es porque nunca existió ni existirá jamás.
Una ciencia es tanto más útil cuanto más universalmente pueden comprenderse sus producciones; y, al contrario, lo serán menos en la medida en que éstas sean menos comunicables